viernes, 14 de junio de 2013

Capítulo 2

[Narra Mikayla.]

- ¡Kay, rápido! ¡No querrás perder el avión! - oí gritar a mi madre desde abajo.
- ¡Ya voy! - estaba terminando de recoger mi habitación. Como siempre a última hora. Además, antes había tenido que ir a despedirme de mis abuelos y algunos de mis tíos y primos, con los que más trato tenía.
Bajé con rapidez y arrastré las dos enormes maletas por la planta baja hasta salir a la calle. Me compañarían mis padres y mi hermano pequeño, James. No nos llevábamos especialmente bien, pero en el fondo le tenía mucho cariño. Le echaría de menos.
Guardé las maletas en el maletero del coche con la ayuda de mi padre mientras mi madre se ponía al volante y James se subía en uno de los asientos traseros.
- Qué fuerte estás, Kay - dijo mi padre, cuando conseguí subir yo sola una de las maletas.
- Ya - bromeé, intentando presumir de bíceps, a lo que mi padre rió.
El trayecto se me hizo eterno, ya que el aeropuerto estaba algo lejos de casa y las ganas de llegar a Sydney eran cada vez mayores. El vuelo sería lo peor. Eran aproximadamente veinte horas. Pero lo aguantaría sabiendo el largo y genial verano que tenía por delante.

[Narra Sophie.]


Se acercaba la hora de irnos al aeropuerto, por lo que decidí subir a la habitación para coger una pequeña chaqueta antes de salir, y lo mismo hizo mi madre.
- Llama a tu padre, Soph. Que ya casi tenemos que irnos.
- Voy - cogí rápidamente mi teléfono móvil y me apoyé en una pared mientras buscaba el contacto en la agenda.
Hacía ya algunos días que no hablaba con él y me resultaba raro llamarle ahora.
Un toque, dos, tres... cinco...
- ¿Diga?
- Hola, papá.
- ¡Sophie! Hola. ¿Nerviosa?
- Un poco - reí levemente y pude oír también su risa al otro lado.
- Bueno, tú tranquila. Ya tendrás tiempo para relajarte en el avión.
- Sí, veinte horas para ser exactos.
- Wow, ¿tanto? Pensaba que eran quince.
- Ya me lo advirtieron cuando hicimos la reserva... Lo voy a pasar muy mal.
- ¿Recuerdas cuando hacíamos los viajes en coche a Escocia?
En ese momento, imágenes inundaron mi mente. Mi madre y mi padre en los asientos delanteros del coche, y yo en el asiento de atrás, protestando porque ya llevaba mucho tiempo allí metida y no tenía nada con lo que entretenerme. Me encantaba cruzar la frontera con Escocia porque eso significaba que ya casi llegábamos a nuestro destino.
- Sí... Ahora que me acuerdo, debía de resultaros muy pesada, ¿verdad?
- Un poquito... - una carcajada salió del otro lado del teléfono y yo sonreí de medio lado.
De repente, la voz de mi madre sonó desde fuera de casa.
- ¡Sophie, hay que irse!
- ¡Ya voy! - dije apartándome del teléfono.- Papá, tengo que irme ya al aeropuerto.
- Pásatelo muy bien cielo, y ten cuidado.
- Siempre lo tengo. Adiós, papá.
- Adiós, Soph.
Un escalofrío recorrió mi columna cuando el pitido que indicaba el fin de la llamada sonó en mi oído. Desde que había cumplido los diez años lo veía muy poco y casi ni hablábamos. Estos pequeños momentos los conservaba en mi memoria como un tesoro. Rápidamente guardé el móvil en uno de mis bolsillos, me puse la mochila al hombro y arrastré las otras dos maletas hasta fuera de la casa. Echaría de menos ese pequeño hogar.
Me acerqué al coche y dejé las maletas y la mochila en los asientos traseros, para sentarme después en el asiento del copiloto. Volví a sacar el móvil del bolsillo del pantalón mientras mi madre arrancaba el coche.
- Cariño, vas a terminar ciega.
- ¿Qué? - fruncí el ceño mientras desbloqueba la pantalla del aparato.
- Deja esa máquina un rato.
- Espera, voy a avisar a Kay y a Hayley de que ya estoy de camino.
"Chicas, acabo de salir para el aeropuerto. ¿Vosotras?"
No tardé mucho que obtener una respuesta.
Hayley: "Yo ya casi llegué. Mi casa está cerquita."
Mikayla: "Estoy a mitad de camino."
Siempre eran más rápidas que yo en todo. A veces las odiaba por eso.
"No os vayáis a subir sin mí, eh."
Mikayla: "Si una pierde el avión, lo perdemos todas."
Hayley: "Exacto. No pienso irme a Sydney si falta alguna de vosotras."
Sabían cómo hacerme sonreír.  Y por eso eran mis mejores amigas.

[Narra Hayley.]

En cuanto llegamos al aeropuerto, saqué las maletas del maletero del coche y me dirigí con mis padres a dentro.
- ¿Y Mikayla y Sophie? - preguntó mi madre, curiosa.
- Kay debe de estar al llegar, y Soph tardará un poquito más - oímos un ruido justo en la entrada y giré la cabeza para ver si se trataba de alguna de ellas.- Mira, ahí está Mikayla.
- ¡Hayley!
Corrió como buenamente pudo hasta mí, arrastrando las maletas. Pero pronto las dejó por el camino para rodearme con sus brazos, por lo que yo hice lo mismo, y ambas reímos de la felicidad que nos inundaba.
- ¿Qué tal llevas eso de irte tan lejos de casa? - golpeé levemente uno de sus hombros y ella dejó ver un poco sus dientes en una sonrisa.
- Bueno... Irme unos días me alegraría la existencia, pero tanto tiempo, no sé...
- ¡No te estarás echando atrás ahora! - abrí los ojos como platos y ella negó con la cabeza, divertida.
- Por supuesto que no. Va a ser el viaje de mi vida.
- ¿Crees que Soph tardará mucho?
- No creo... - respondió ella, echándole un vistazo a su reloj.
Miramos hacia las puertas de cristal y pudimos ver cómo un coche oscuro aparcaba justo en frente. Vimos a una mujer salir del asiento del conductor.
- ¿Esa no es la madre de Sophie? - pregunté, señalándola con el dedo índice.
Mikayla achinó los ojos y frunció el ceño antes de darme el visto positivo.
- ¡Sí, es ella! ¡Soph ha llegado!
Entonces, la vimos salir del asiento del copiloto y abrir la puerta trasera del coche para sacar una mochila, que se colgó a los hombros, y dos enormes maletas.
- Dios mío, sí que viene preparada.
Noté cómo una mano se posaba en mi hombro y me di la vuelta para encontrarme justo en frente de mi madre.
- Cielo, recuerda. Usa la tarjeta para comprarte lo que necesites. Se cargará en nuestra cuenta. Pero no abuses demasiado.
- Tranquila, mamá. No pretendo arruinar a la familia.
Mi madre posó un beso sobre mi frente y fue a mantener una charla con mi padre.
- Parece que no soy la única afortunada - comenzó Kay.
- ¿Eh?
- Mis padres también me han dado su tarjeta. La tengo en un bolso, dentro de la maleta.
- Cuidado, no te pases con las compras, que te conozco.
- Sólo serán unas compritas de nada. No te preocupes.
- Cuando dices eso es cuando más me preocupo.
Justo entonces, Sophie entró por la puerta y dejó las maletas unos dos metros más alejadas de lo que habían quedado las de Mikayla y corrió hacia nosotras para darnos un bonito abrazo grupal.
- Sydney, prepárate - dijo Sophie al lado de nuestros oídos.
- ¡Que tiemble toda Australia! - exclamó Mikayla, a lo que todas reímos.

(...)

Ya facturadas las maletas nos dirigimos a nuestra puerta de embarque. Llegamos justo a tiempo. Nos despedimos de nuestros respectivos padres con prisa y corrimos hacia el avión, ya que estaba a punto de despegar. Una azafata nos recibió con mucha amabilidad y buscamos nuestros asientos. Teníamos suerte, ya que nos había tocado a las tres juntas.
- Aún no me lo creo... - dijo Mikayla, ilusionada.
- Vamos a viajar al otro lado del mundo. Nunca pensé que podría hacerlo - respondió Sophie, con una sonrisa de oreja a oreja.
Y allá íbamos. Con esa sensación de ir a comernos el mundo.

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